“Haz lo que te toca”… ¿y ya? La cultura de hacer lo mínimo y la extinción de la iniciativa
Por E.M.F.
Crecí escuchando de todo: baladas, rock en español, trova, pop de los 80, cumbias con sentido y hasta boleros que se cantaban con el alma. En mi casa no se ponía música solo por llenar el silencio; se escuchaban historias. Cada canción tenía una verdad, una herida, una esperanza o un grito.
Hombres G, Mecano, Joaquin Sabina, Miguel Ríos, Los Enanitos Verdes, Maná, Juan Gabriel, José José… eran parte del aire que respirábamos. Canciones que contaban lo que a veces las personas no podían decir con palabras. Letras que hoy se extrañan porque tenían mensaje.
Y con esa música de fondo, también crecí observando otra cosa: cómo trabajaban nuestros padres. Cómo se levantaban temprano, cómo resolvían, cómo aprendían sin miedo, sin tutoriales, sin internet. Se equivocaban, sí, pero aprendían. No pedían permiso para superarse. Lo hacían porque sabían que nadie iba a venir a rescatarlos. Y porque estaban orgullosos de ser útiles, de ser necesarios.
Hoy, con todo el respeto y sin ánimo de ofender, veo a muchos jóvenes entrando al mundo laboral con un chip diferente. Un chip de miedo, de inseguridad, de “solo hago lo que me toca”. Esperan a que les den instrucciones para avanzar. No preguntan, no proponen, no intentan resolver. Como si hacerlo fuera un pecado.
Y no es que no tengan talento —¡claro que lo tienen!—, pero lo tienen dormido. Congelado por el miedo a equivocarse, a ser juzgados, a no ser suficientes. Y eso los está paralizando.
Hoy hay quienes creen que el trabajo es un castigo. Que cumplir con el mínimo es suficiente. Que si algo “no les toca”, entonces que lo haga otro. Y cuando eso pasa, el alma del trabajo desaparece. Ya no hay orgullo. Ya no hay pasión.
Nos estamos llenando de trabajadores tristes, inseguros, silenciosos. Gente brillante que no brilla porque no se atreve. Porque nadie les enseñó que crecer duele, pero vale la pena.
Y eso, honestamente, me parte el corazón.
Nos hace falta volver a las raíces. A la música con historia. Al trabajo con orgullo. A las ganas de hacer bien las cosas no por obligación, sino por convicción.
A esa actitud de los 60, 70 y 90 donde si no sabías, aprendías. Donde si te caías, te levantabas. Donde nadie te decía qué hacer, porque tú ya estabas pensando en cómo mejorar.
Y también nos hace falta algo más: guías. Gente con experiencia que no solo supervise, sino que acompañe, que enseñe, que inspire. Que les diga a los nuevos: “no estás solo, pero tampoco te voy a resolver la vida; te voy a enseñar cómo hacerlo tú”.
Si eres joven y estás leyendo esto: no te conformes con hacer “lo justo”. Ve más allá. No por tu jefe. Por ti. Porque tú vales más. Porque tienes un potencial gigante que solo se activa cuando te atreves. Porque tu talento merece ser usado, no guardado por miedo.
Y si eres parte de esa generación que ya lleva años de experiencia: gracias por resistir, por seguir dando más de lo que te piden. Pero también: ¡no te canses de guiar! Hay jóvenes que te necesitan, aunque no lo digan. Enséñales, con paciencia pero con firmeza, que el trabajo no es una carga: es una oportunidad para dejar huella.
Me niego a ver cómo se apaga el brillo en los ojos de la gente que trabaja. Porque me niego a pensar que hacer “solo lo justo” es suficiente. Porque crecí escuchando canciones que hablaban de verdad, de pasión, de lucha. Y porque creo que, con un poco más de música, un poco más de guía y un poco más de valentía… todavía podemos cambiar esta historia.
Ponte los audífonos. Sube el volumen a “Devuélveme a mi chica”, “Hijo de la luna”, “Cuando brille el sol” o “Rayando el sol”. Y recuérdate que tú puedes con más. Que tú naciste para hacer historia. Que no estás aquí para pasar desapercibido.
Haz lo que te toca… y un poquito más.




